No todas las historias italianas comienzan en la cocina. Algunas comienzan en un jardín — el brolo, ese huerto cercado donde crecían los limones, las hierbas y los tomates que después llegaban a la mesa. No era del todo campo. Tampoco del todo casa. Era el lugar donde empezaba la hospitalidad.
Brolo nace de un origen parecido: un veronés y una leonesa que decidieron construir, en León, ese mismo umbral entre la tierra y la mesa.